Del libro “La poesía que tenia olvidada ahora enramada en las prosas de algún cuento” Salvador Biko

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Foto Andres Seoane

Allí en el living miro al gato del vecino en la ventana, junto al embace vacío, desbocado al mangrullo de una versión inédita pero repetida en los epitafios de la soledad. Veo la ceniza de una sombra caminando por la doble vía intentando cantar pero tanta mierda en polvo le a ajado la voz como un lija barata. Se sienta sobre el cordón, ve como la vida se cuela por el suelo con las raíces perdidas, cuestiona lo que es el destino, lo que se choca por no quedarse quieto. Un auto le pone los destellos marcando un primer plano en su escena de pocilga estampa. Pasa y lo deja nuevamente sin penas ni glorías. El toca con la lengua la caríe de su colmillo derecho y mira sin mirar y piensa sin pensar, espera otra vez algo que encuentra, que no quiere buscar pues no sabe lo que es, tendría ganas de arder en el infierno si eso limpiara algo, si eso desasiera las molestias que siente en medio de su espalda. Pero no es de apurar los trámites así que se recuesta mirando las miles de estrellas. Pasa otro auto y otro y otro y un camión, dos motos juegan una picada y él yace allí con las cejas apenas arrugadas, pensativas junto a la mueca satisfactoria de tendenciosa ironía. Sigue el tránsito de los iluminados en el neón. Escucha pasos, ve las siluetas de una pareja besándose sobre su cabeza, los saluda, ellos saludan entre risas de mariguana y alcohol yendo al cuarto de hotel de su cita. Se queda mirando el culo de manzana por los claros jean de ella. “No hay motivos” se dice a sí mismo. Se levanta y camina pausado hasta su casa como dando tiempo a que alguien le pase el testimonio de una posta. Pero ya hizo las dos cuadras por el desvío de las avenidas. Está frente a la puerta con las llaves en la mano. Entra, va al equipo y pone El hombre del piano en la versión en vivo de Ana Belén, toma el último trago del tinto marchito. Allí queda mirando en el living al gato del vecino en la ventana, junto al envase vacío. “Toma el vaso y le tiemblan las manos, apestando entre humo y sudor, y se agarra a su tabla de naufrago volviendo a su eterna canción, la lara lara lara lara lara. Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien es tan triste la noche que tu canción, sabe a derrota y a miel”. Prende la resina de cogollos en su pipa con los ojos a la espera del sol…

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