“La llegada” Del libro “La poesía que tenia olvidada ahora enramada en las prosas de algún cuento”

Foto Franscico Alvariza

La llegada. Paso a paso bajan del ómnibus por la última cerveza. Tres días de gira, de bares, de música, de charlas, de eternas caminatas por la capital viendo crudezas y curdas, de artes amantes reencontrando y encontrando personas y personajes en teatros y cuchitriles, de frescas sensaciones reabriendo puertas. Las botas bufan el trajín amparando los pies húmedos maniatados por las medias hediondas. La remera fría gimiendo axilas, torso y espalda cubiertos por buzos y campera. El andar lento junto a su amigo consecuente aventurero, son dos marinos llegando de la ciudad de la fructífera tormenta diamantina, sus ojeras en la respiración cansada que los acompaña. No lograr entrar a ningún lugar de costumbre eludiendo las desdichas en lo mundano. Caminan como parias frente a la vereda de una fiesta impregnada de neón. Allí, una dama osa cruzar la calle a interceptarle. Los ojos de la platea en ambas orillas están por el andar certero de sus tacos, de las piernas estampadas por sus medias negras, de su vestido corto y justo delineando las curvas de su cuerpo. La incógnita sorpresa amparando la seducción, la osadía – Me voy la semana que viene – La niña y el fulano escritor agotado despertado por el flash de la luz. La simpleza de su rostro delicado, astuto, casi ingenuo. La fotografía, la escena antípoda, sus palabras que olvida el fulano magullado como no pudiendo entender. Unas frases en francés. Los ojos enfrentados, las palabras cruzadas, la distancia, los silencios, la comprensión, la despedida, el hasta luego, los diferentes tiempos, el corto lapso del diálogo no tan casual, impactante – Te dejo seguir con tu amigo – su madures.

– Nos vemos – el estoicismo en ese momento de poeta.

La última cerveza en un bar de borrachos y damas maduras casadas con la noche. La cabeza perdida resignándose a dormir, la beatitud de la dulzura como una caricia en la imagen de aquella cuadra. Así a veces son las cosas, un suicidio vivo que refresca al despertar los recuerdos pateándonos las costillas sin lastimarnos.

 

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