Una noche de hastío y el señor Cortázar

       Allí la hoja quemada por la brasa de la ansiedad, de las horas cortadas del hambre, de la falta de azúcar. Cautivo, en algún movimiento que debería hacer salí por la madrugada buscando un refresco o comida. La verdad, está perdida en los espacios del fin del mundo musicalizada por mis difuntos pasos, por el marcar de la arenilla en los silencios desiertos. De tanto en tanto miro hacia atrás sobre mi hombro, sin desesperar, pero con desconfianza. No hay nadie. Mullido, al pasar por la vidriera de un bar ojeo de soslayo el collage. Encuentro una conocida cara blanca, sus ojos inexpresivos, nos saludamos tibiamente. Prosigo al kiosco decididamente por un refresco de litro, de envase de vidrio, ya no parezco tener hambre aunque lo que necesito es comer. Soy una repetición insondable de mi mismo, un actor de reparto, una baraja sucia bajo la manga, un cartero que no llama dos veces. En el kiosco cinco niños deambulan sus opciones para comprar golosinas un lunes, a la una treinta de la madrugada. En el auto hay dos par de niños más de entre nueve y doce años, un par de mayores escuchando una cumbia, todos bailan y cantan sin decidir que comprar con sus monedas. El kiosquero ya expresa impaciencia. Las niñas están vestidas ya no tan niñas. Se van en el auto con su música a otra parte. El arte muere sin la frescura de los niños, matan al niño, matan al arte, matan la vida. Compro mi refresco, necesito el azúcar, a la media cuadrada estoy bebiendo. En la calle no están ni las fantasmagóricas figuras de perros y gatos haciendo compañía. Me siento débil, estoy cansado, agotado, cualquiera podría terminar conmigo esta noche. Cualquier sonido tensa la piola de mis nervios tranquilos. Pienso en que sería un buen día para morir, estoy tan lejos, tan adentro, sí debe ser un buen día para morir pero no obstante abandono esa idea, estoy seguro de arrepentirme. Simplemente busco esa plácida ruina de la casa donde habito, mezclo el refresco con el último dejo de vino por si acaso, para poder estirarlo como quien quiere estirar los días, el tiempo sin saber por qué, tal vez sea solo el capricho rebúznelo del hombre. Bebo el líquido, no contento con eso caliento agua para un café. Abro el libro sobre la mesa, sucumbo a Julio Cortázar con su “Rayuela” jugando llegar al cielo. Fantástico, como dibuja todo sencillo, acompasando la cortesía de la palabra, desdoblando la lógica ruta de la narrativa sin trastabillar armonías en momentos de un lenguaje bestial, confortable. Un sumun literario, artístico. Joder el coño de la aventura, la mugre, la ilusión musitando la oscuridad más larga del año, aplaudo la creación, el genio del ingenio. Leo otro capítulo del Club de la Serpiente y voy por otro café. He caído de rodillas ante tanta literatura de verdades fantásticas, olvido las posibilidades del tumulto desgraciado que había compungido al vestigio de mi hastío… Maximiliano García, del libro “La poesía que tenía olvidada ahora enramada en las prosas de algún cuento”

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2 responses to this post.

  1. Muy buenos tus escritos, te felicito! Te hago una pregunta, es tuya la ilustración de Cortázar? o sabés de quién es?
    La compartimos en nuestro facebook y queríamos porner al autor, Gracias!
    http://www.facebook.com/elgrancronopio

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