De realidad, cine, literatura como una postal

De realidad, cine, literatura como una postal

Depredada, desesperada asolación del débil al poder mesquino comandando las insondables costosas guerras, el periférico respeto diluido en planicies del olvido, los cadáveres del viento, la humanidad en estado de descomposición continuo, las tentaciones de los gobiernos y el estado de shock social. Las clemencias machacando calumnias con la justicia tardía. Los días extraños de este coctel de ponencias que el cine perdió, que la televisión regala como golosina barata coreando esperanzas del alma blindada, temerosa al punto naif del consuelo en cabezas que dudan pensar.

La fantasía ha caído en desuso aunque Harry Potter siga haciendo de las suyas. Detengo este collage y paseo por el séptimo arte. Recuerdo la ternura de lo simple en “Cinema Paradiso” y “Il Postino” paseando al sur de Italia como películas hijas del neorrealismo de Rosellini, Fellini y Visconti, ahora escucho al pasar la letra en la voz del Nano (Serrat) cantando Pueblo Blanco “El sacristán ha visto hacerse viejo al cura, el cura ha visto al cabo y el cabo al sacristán, y mi pueblo después vio morir a los tres, y me pregunto: por qué nacerá gente si nacer o morir es indiferente.”

Doy un paso y caigo a la crítica sensible embadurnada de pantomimas al gusto de Charles Chaplin. Me voy a las postales más bellas de la naturaleza para intrincarme en el sugestivo hormiguero loco de la vorágine existencial en la metamorfosis reflexiva de “Baraka”. Llego a la pelea ante la idiosincrasia de lo establecido subido a los pupitres interpretando la libertad como reflejo de la tinta en el espejo por “La sociedad de los poetas muertos”. Pego una vuelta por el caos en la vulnerabilidad de querer ser un héroe envuelto en una causa perdida, en una guerra que sus protagonistas no querían pelear descubriendo el infierno del hombre, paseando por el “El corazón de las tinieblas” de Conrad en la “Apocalypsis now” de Coppola. Ahora juego en “¿Quién engañó a Roger Rabbit?” con un ecléctico delirio animado al don de la alegría intervenido por un soslayo iluso en los ojos vivos. Abro un libro y leo “Supérate, hazte un virus, contagia”. La radio me dice “y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido/ Una vez me contó un amigo común que la vio donde habita el olvido” la voz del truhán pintor del tapiz de letras apellidado Sabina ha desmontado el cabalgar del artículo a la sombra de un árbol, al calor de la pradera donde los frutos serán comidos por niños buscando los sueños de este mundo abrupto.

Maximiliano García

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